Ser un prisionero, jamás!
Dársela de rebelde a los 30 años es bastante ridículo, pero esta canción, desde que la escuché por primera vez, me recordó la adolescencia-compañeros-actitudes del rock and roll de mi vida. Cierto que con lo nerd y “Rottenmayer” que he sido siempre era más probable que un trabajo serio me consumiera la vida antes de quedarme con el pelo azul viendo quién me regalaba entradas pa conciertos, o sentándome en el piso de los antros nocturnos que ya no existen. Pero la canción Prisionero de Telegrama es un golpe en la cara para los que, difícilmente, hacemos otra cosa que trabajar…
Habrá cosas de la lista que cantan aquí con las que usted se sienta identificado. Yo por ejemplo, odio los almuerzos ejecutivos y de cualquier índole si son con gente del trabajo. Cobro utilidades, hago feliz a las amigas de mi abuela (con el tema de la “jubilación” -grima-), no tengo un carro de la empresa pero sí un par de créditos perpetuos y espero por el ascenso “hasta no aguantar más”. A mí me faltó que incluyeran en la letra algo relacionado con el HCM, pa rematar…
Escuche con atención, busque sus semejanzas, decida en cuál de los dos extremos está: pelando pero feliz o prisionero con cheque. De elegir esta última, créase aunque sea por los 3 minutos que dura la canción esa frase de: “ser un prisionero jamás!”
Después de Aerosmith y mi guayabo imperdonable por Cerati
No reseñar en el blog que fui a ver a Aerosmith sería bastante chimbo. Pero hubo tantas cosas chimbas entorno a ese concierto que la verdad, tampoco sería gran cosa. Y sí, yo que he sido una fanática a muerte de Gustavo Cerati (solo, con Soda, buen o mal acompañado) desde que mi papá me trajo el vinil de Doble vida cuando yo apenas tenía 9 años, estoy en este momento más monotemática que de costumbre con ese asunto, en pleno sufrimiento por su salud.
Sin embargo, dos días después, luego de todos los periódicos y tanto twitter que hemos leído, hoy miércoles ya no vale la pena que repita que el concierto de Aerosmith no pateó traseros, no prendió al público, no fue tan largo como prometieron (1 hora 50 minutos y no las 3 que habían anunciado), no sonó para nada duro como merece el rock and roll, y todos esos “no” que seguro se saben de memoria.
Sobre el ambiente, citaré algo que me dijo Lita, en lo que coincidimos plenamente: “Siempre tuve la extraña sensación de que el show apenas comenzaba”.
A pesar de la ronchita nunca antes vivida en el “general”, es decir con los plebeyos, yo disfruté el concierto. Steven aunque ya no puede soltar el gañote como antes, es la doña más respetable que he visto en escena y vi en vivo algo con lo que me sentí identificada: no podemos trabajar sin un ventilador en frente. El para poder respirar y moverse y yo, para sobrevivir a los vapores sanfelipeños sin aire acondicionado. Es un tipo genial y junto a Joe Perry son toda la banda, según yo. Cada uno a su estilo, son la esencia de Aerosmith. Eso se sabe, pero lo vimos, pues.
En cada reseña que he hecho de conciertos acá, siempre he chillado por canciones que faltan y en este chillé mucho más. Es obvio: una banda que tiene 40 años, un montón de discos y no llegó ni a las dos horas de show, por supuesto que iba a dejar temas de los importantes por fuera. Amazing, Angel, Dude looks like a lady, Jaded y la más imperdonable de todas: Janie’s got a gun, quedaron sólo en los mp3. Yo iba mentalizada a que mi favorita iba a ser descartada de plano, primero por no ser de las más conocidas y luego, por ser extremadamente romanticona: Fly away from here. Pero bah, I don’t wanna miss a thing es lo más baladoso que existe y la tocaron, pero claro, era la única que todo el mundo se sabía y cantó durísimo, como si fuera la canción de la novela de las 9 en los 80. Es la Mariposa Technicolor de Aerosmith.
Mis momentos de clímax fueron con Fallin in love, Living on the edge y Draw the line.
En fin, una buena banda que siempre me ha gustado, presentada eso sí, en un despelote que noté mucho peor que en otros conciertos, en el peor de los sitios y con tarima y sonido inferiores a los que monta Henri en el Top Festival, que perdón, es la referencia más cercana que tenemos los barquisimetanos. Y es triste. Un showcito.
Es todo lo que puedo decir ahora mismo, justo cuando no paran de enviarme mensajes y llamarme para decirme que a Cerati le declararon muerte cerebral y yo no paro de pedir que eso no sea cierto, como tanta gente, como muchísimos de ustedes y la mayoría de mis amigos. Al salir de Aerosmith, supimos la noticia de la gravedad de Cerati, y opacó totalmente el ya de por sí, desafortunado concierto.
Detalles aparte, he visto 4 veces a Cerati como solista y 2 con Soda Stereo. No quiero hacer recuentos pavosos, pero a este show del sábado pasado no fui “porque iba a ver a Aerosmith”, y por el viaje a Caracas, los permisos en el trabajo, etc, no pude cuadrar para ir a los dos conciertos. Con el tema de que Cerati viene siempre, lo aplacé por los viejitos y con muchísimo pesar confieso que siento como dice el refrán: Cambié a mi madre por una burra.
Y sí, ahora pienso en Aerosmith con “arrecherita” y me caigo extremadamente mal por no haber ido al concierto de Fuerza Natural, del que hubiera salido súper enamorada como es costumbre y como salieron mis compañeros en esto. Por haberme importado faltar al trabajo el unes, instalarme tantos días en Caracas y todas esas cosas que uno piensa cuando crece y se convierte en gente seria y aburrida. No me soporrrrrrto.
Des-autorizados: dec-epcionante
He escrito mucho en este blog sobre cine venezolano. Me he agarrado con un gentío por tener siempre “alguito” que defender, pues aunque suelan fallar en guión, producción, actuación, yo creo ciegamente en el cine que se hace en este país y tengo mi larga lista de favoritas y todo, mucho antes de que se pusiera de moda el cine merideño o este último al que no sé cómo llamar.
El viernes se estrenó en todo el país Des-autorizados de Elia Schneider. Yo fui el sábado, justo un día después a darle otro voto de confianza al cine nacional y a ver por supuesto, a mi novio Erich Wildpret. Y esta vez no tengo nada que defender, nada que argumentar para decir “pero es que tenía esto o lo otro”, alguito para justificar, pues. Hacía años que yo no veía una película taaan mala, y como es de aquí, salí del cine no sólo decepcionada, sino con pena y mucha, y de paso, me sentí estafada por Schneider.
No tiene sentido hacer una reseña de la película, porque la película en sí, no tiene sentido. Y no es que se trate de una historia “loca” como decían algunos en el cine ayer, porque vamos que yo soy fanatiquísima de las pelis locas, de atrás pa’lante, raras o lo que sea. Esto es un gran absurdo que se pierde de vista. Su creadora dijo que la había concebido de manera distinta a como se conciben las películas tradicionalmente, pero una cosa es salirse del patrón ancestral y otra, hundirse en un sinsentido. Creo que ni los más open mind, vanguardistas, whatever, la calificarán positivamente, ni se creerá ese cuento de “una comedia artística”.
Si alguien tenía un prejuicio con Schneider por su dirección de Huelepega y relacionarla inmediatamente con las de su esposo, Sicario y Garimpeiro, se lo puede sacudir de inmediato con esta película, que aunque se llama “Des-autorizados” y pudiera evocar cualquier mala maña de sus conocidas producciones, no tiene nada que ver, y usted amigo espectador, añorará como nunca al malandro del cliché cinematográfico venezolano, aunque no lo quiera. Gran distancia de Punto y Raya, su buena película.
Hubo real, cómo no. No es para nada una producción con las uñas. Llena de absurdos y paradojas como las mujeres que cantan al principio y durante varias escenas de la historia, produciendo, lo juro, dolor de estómago. Las actuaciones son pésimas, sólo Dad Dáger sacó un poco por elenco. Yo he reseñado aquí casi todas las películas en las que ha actuado Erich Wildpret y en todas le he dado un hijo, pero ni por el amor rotundo lo puedo defender en ésta. Creo que me faltó Un lugar lejano, precisamente de José Ramón Nóvoa (me suena rarísimo ese acento pero así lo escriben en los créditos), el esposo de Schneider, pero igual amé el personaje de Wildpret ahí. Ahora, “Elia lo mató”, me dijo Nel, acertadamente. Será mejor que descanse o que haga una mejor selección de sus próximos personajes. Y Samantha Dagnino, es excelente cantante. Al menos la pusieron a cantar para demostrar que hijo de gato caza ratón, superando con creces la afinación de su padre. No more.
Una de las cosas que más me molestó de la película fue el intento de Schneider en “narrar” la trama. Ella habla de cómo crea sus personajes, los describe y hasta reconoce no saber cómo resolver aquello, siendo al fin la esencia de toda la historia. Pero fue muy mala idea. Además porque narrar y atrapar al espectador no es cosa fácil. Morgan Freeman no lo aprendió a hacer ayer, y no lo digo como una pesada e innecesaria comparación, sino como un ejemplo del trabajo bien hecho y con impacto. Ya Mario Cimarro lo había hecho espantoso en Puras Joyitas, narrando con un tono de voz planísimo lo que pasaba en una historia divertida. Schneider, estaba como echando un cuento por teléfono, sin matices, sin intención de nada. No es fácil para un locutor, a veces no lo es para un actor, tampoco lo es para un director. Además su protagonismo no me cuadró jamás. (Update: Me corrigieron en Twitter que la narración no es de Schneider, sino de Jean Mary, locutora, que por cierto, me gustaba mucho cuando se oía en La Mega -después no la oí más-….sorry. Entre bomberos no nos pisamos la manguera, peeeero :s)
Lo más triste de mi función de Des-autorizados, no fue todo ese sabor amargo que traje a la casa, sino que como en ninguna otra película que haya visto en el cine, más de la mitad de los ocupantes de la sala se salió. Adolescentes, parejas, señores, señoras, algunos que fueron solos, gente que se hartó y se fue. Éramos un grupo escaso al inicio y quedamos tan pocos, que ya éramos como panas viendo un quemaíto en la casa. “Cuántos quedamos?”, preguntaban unas doñas españolas que teníamos al lado y que hacían bromas sobre lo valientes que fuimos las tres parejas que aguantamos hasta el final. Me dio tristeza, de pana, y aumentó cuando relaté lo ocurrido en el Twitter y gente de otras ciudades, que había ido al estreno me decían “en mi función también la gente se salió”.
Nel que es mi fiel compañero en estos antojos míos, obviamente odió la película, pero se rió un buen rato con las doñas españolas y recomendó a la gente en un tweet: “Hay que apoyar al cine venezolano, paguen la entrada a Des-autorizados, pero eso sí, ni se les ocurra entrar!”
Échenle un ojo al tráiler arriba. Así es todo: un cuento que no tiene pies ni cabeza.
And the Oscar goes to…
Ha sido un clásico que escriba mis reseñas de películas pre Oscar en este blog, así como también mis comentarios sobre los premios. Sabemos que las costumbres blogueras han cambiado, el tiempo, los benditos 140 caracteres, entre otros. Lo que no cambió fue mi empeño por conseguir las películas nominadas antes de la ceremonia para tener por quién ir con propiedad.
Y este año fue multiplicado con el tema de las 10 nominaciones. Pero saben qué? No me gustó en lo absoluto este Oscar y sus 10 películas es lo más nulo que he visto. Bueno 7, porque no vi District 9, y estamos claros que la mejor película del año pasado, sin duda alguna fue Inglorious Basterds, totalmente ignorada por la academia, como era de esperarse. Será por intensa, será por patrón de conducta, será por Tarantino lover, o lo que sea. Es la única de las 10 películas 100% buena, según yo. Y también está UP, que es lindita y se llevó su merecido Oscar de animación y hasta ahí.
El resto, son normales….algunos buenos guiones, pero todas con una característica común: Domingueeeeras. Esas pelis que uno se vacila echado en la casa y ya. The Blind side, Up in the air, An education y muy a mi pesar, A serious man, de mis queridos hermanos Cohen. Mi vida sería la misma si no las hubiera visto. Le di un plus a Precious, por la historia verdadera, el drama y la simpática historia de la gordita protagonista, quien ni soñaba con ser actriz y, como dijo doña Oprah, estuvo nominada en la misma categoría con Meryl Streep, por ejemplo.
Y muy especialmente, no me gustaron las dos favoritas: Avatar y la ganadora total The hurt locker. Creo que ni siquiera tengo nada que decir al respecto, salvo el episodio histórico de que al fin una mujer (la Kathryn Bigelow) haya ganado el Oscar por dirección. Pero nada memorable. Y muy conveniente.
Pueden revisar que año tras año digo esto: películas nulas, Oscar nulo, post nulo. Así es: no es que cada año me queje más, es que cada año se pone peor la cosa. Y aquí lo dejo reseñado un año más.
Buscando mi consejo comunal…
Con el tema de la renovación del certificado de Productor Nacional Independiente, tuve que pasar de nuevo por la ladillita de pedir la carta de residencia, que es lo más engorroso de todo el trámite.
Antes lo era porque había que ir a la prefectura, no un día cualquiera, sino uno que combinara con el terminal de tu número de cédula, y madrugar porque sólo entregaban 40 números y pobre de uno si quedaba de 41. Una venezolanada habitual.
Pero esas venezolanadas, ciertamente características de la 4ta república se hundieron en el lodo cuando las costumbres de la 5ta nos arropan sin darnos cuenta. O sin que queramos darnos cuenta.
La carta de residencia hoy en día es otorgada, como sabrán los que la han necesitado últimamente, sólo por los Consejos Comunales, que al ser en tu vecindario, te la deberían poner más fácil, siendo vecinos al fin.
Los primeros días de enero descubrí que en Barquisimeto hay más consejos comunales que familias. Es así como en una misma cuadra puede haber no uno, sino dos, tres, cuatro consejos comunales.
Ya me habían dado la referencia de uno, donde no nos habían atendido muy bien, dejándonos claro que “ahorita no estamos haciendo eso”, y de paso un vecino le había agregado el detalle de que te atendían con diferencias dependiendo de si eres “de Henri o de Amalia”. Y yo que no soy “de” ninguno de esos dos disfraces, estoy como frita entonces. Sin embargo, fue sólo un rumor.
Visitamos 4 consejos comunales en una misma cuadra y en ninguno me daban respuesta de la carta porque yo vivo en la calle 54 y ellos estaban entre 57 y 58. Sin embargo, una que sabía cómo se mueve la cosa, nos dijo que si después de mucho preguntar no la obteníamos, ella me la hacía.
Llegamos a un consejo que después de tanto nadar pa morir en la orilla, está justo en la esquina de mi casa, en una quinta que he visto toda mi vida y sin ni siquiera saber quiénes viven ahí. Era lógico que me enviaran finalmente para que ese señor, pues a unos metricos de mi casa, estaba mandando en mis dominios. Pero adivinen qué? La casa del señor está en la acera del lado derecho y el edificio donde yo vivo está en la acera del lado izquierdo, y así sea diagonal, a unos escasos metros, eso fue suficiente para que me rebotaran una vez más. Según él, la señora Fulana de tal, que tiene un vivero en la misma calle, a unas cuadras más lejos pero eso sí, del mismo lado de la acera, debía ser la encargada de darme la carta.
Jamás encontré el vivero, así que amotinada ya, nos fuimos para que la única señora que nos había dado esperanzas. Ella me recibió los papeles y me prometió la carta para la tarde siguiente, pero con la observación de que no la iba a pasar buscando ahí, sino en una casa que queda un “poquito más adelante”, porque la señora que en realidad hace las cartas es otra, y ella es la que tiene el sello. Oootro consejo comunal, pues.
Y vale decir que cuando digo consejo comunal me refiero a las casas con sus porches, donde los directivos del “organismo” están en bata, shores, chancletas, viendo la gente y los carros que pasan por en frente. ¿Por eso reciben recursos? Cuidado les sale una hernia, pana. El poder lo tiene el pueblo, sí señor.
Al día siguiente fui a la casita señalada. A esa hora precisamente, la señora había mandado a sacar las copias del formato de la carta justo en la esquina de mi casa –again-, y como yo nunca puedo esperar ni 5 minutos, me disparé a buscar los formatos en la fotocopiadora. Cuando volví, la señora me pidió que llenara yo misma la carta, porque ella se equivoca mucho y total, la que manejaba la información era yo y lo importante es que ella misma la firme y la selle. Así que YO hice mi carta de residencia, ELLA la firmó y selló, y todos felices. Ya renové mi PNI.
Y una vez más queda claro porque algunos cantan con entusiasmo: “así, así, así es que se gobierna”.
“En memoria de Tomás Eloy Martínez”
Además de la pluma, el nuevo periodismo y los premios de Tomás Eloy Martínez, a mi lo primero que se me viene a la mente al oírlo-leerlo, es la muerte, a partir de ese hermoso texto que le escribió a su difunta esposa, Susana Rotker, que Feli me presentó. Y justo por la muerte, hoy (31 de enero) fue el día en que se volvió a juntar con ella.
Su propio texto es mi homenaje a Tomás Eloy Martínez. Tamaña historia de amor y admiración. Que toda periodista quisiera. Que toda esposa quisiera.
Es largo y vale la pena llorarlo.
“En memoria de Susana Rotker”
Por Tomás Eloy Martínez. Para La Nación
Hacia las cuatro de la tarde, el 27 de noviembre pasado, Susana Rotker y yo nos sentamos en su escritorio a discutir algunas de las ideas que ella acababa de agregar a su ensayo “Ciudades escritas por la violencia”. Hacíamos lo mismo desde 1979, cuando nos conocimos. Cada vez que alguno de los dos necesitaba sentir la resonancia de sus ideas en otro ser, nos leíamos en alta voz, con cierto aire de desafío y también con la esperanza de que el otro asintiera y dijera: “Sí, qué bien, cómo me habría gustado escribir eso”. No sé cuántas veces le repetí la frase aquella tarde. Había -hay- reflexiones notables en ese ensayo que estudia el miedo y la impune violencia de las ciudades como fenómenos que crecen y alcanzan a todos. “Es el reino de la fatalidad -escribía Susana hacia la mitad del texto-: no se acusa a nadie y al mismo tiempo se acusa a la sociedad entera.” Su inteligencia era como una luz: se movía en todas direcciones, con una intensidad que jamás declinaba, y era maravilloso tocar esa luz, porque desprendía calor, y felicidad, y fuerza: pocas luces podían llegar tan hondo con tan pocas palabras. El lenguaje no sirve para expresar las sensaciones de miedo, decía Susana. El miedo es tan inexpresable como el dolor. Oí esa misma frase infinitas veces, durante los infinitos días que siguieron.
“No viene nadie”
Algunos profesores de la Universidad de Rutgers -donde ambos trabajábamos- nos habían invitado a ir aquella tarde del 27 de noviembre a un encuentro profesional en Piscataway, cinco kilómetros al oeste de donde vivíamos. Ninguno de los dos tenía ganas de hacerlo. Yo estaba por terminar otro capítulo de una novela en la que ya llevo muchos meses de retraso y al día siguiente debía viajar a México para participar del Foro Iberoamericano organizado por Vicente Fox, Carlos Fuentes y el empresario argentino Ricardo Esteves. Susana, a su vez, tenía que corregir la versión en inglés de su libro Cautivas , revisar los trabajos de tres estudiantes cuyas tesis doctorales estaba dirigiendo y decidir cuándo y con quiénes haría la primera conferencia del Centro de Estudios Hemisféricos, la institución ambiciosa que había fundado en Guadalajara, México, para que los creadores e investigadores del continente pudieran terminar sus obras sin apremios ni distracciones.
Al final fuimos, por inercia. El estacionamiento de la casa estaba lleno y debimos dejar nuestro automóvil enfrente, al otro lado de una calle de doble circulación en la que los accidentes rutinarios -deslizamientos en el hielo, choques sin consecuencia- se cuentan por los dedos de las manos. Oímos un par de discursos y a eso de las siete y media, luego de cambiar miradas cómplices desde lejos, empezamos a despedirnos. La oí decir: “No hay tiempo. ¡Tengo tanto trabajo por hacer!” Salimos, tomados de la mano. Hacía frío. La noche era espesa, húmeda, y la raya temblorosa de un avión atravesaba el cielo. “No viene nadie -dijo Susana-. ¿Qué te parece? ¿Cruzamos ahora la calle?” La conocí en 1979 -ya lo he dicho-, cuando organizaba la redacción de El Diario de Caracas. Pregunté quién era el mejor crítico de cine de Venezuela, y en todas partes me dijeron, sin vacilación alguna: “Susana Rotker. No te va a ser fácil llevarla a un periódico nuevo”. No lo fue, es verdad. Susana era demasiado joven, tenía un éxito inmenso con la columna que publicaba todos los días en el diario El Nacional , y su belleza cortaba la respiración. Después supe que se creía fea y sin gracia, que dudaba de su talento, que amaba las grandes causas pero no se creía capaz de encabezar ninguna.
Ejercicio de reflexión
Contra lo que suponían los demás, todo desafío nuevo la entusiasmaba. A veces, ciertos faits divers -como llaman los franceses a las crónicas policiales- disparaban su imaginación y escribía sobre ellos crónicas espléndidas, conmovedoras. A uno de esos hechos alude enigmáticamente en el primer capítulo de Cautivas: una mujer quemada viva por un marido fanático e intolerante en Maracaibo. Después, cuando ambos fuimos a Washington y ella completó su doctorado en literatura en la Universidad de Maryland, la densidad y el incendio de su inteligencia crecieron día tras día, de manera casi visible, táctil. A partir de las crónicas norteamericanas de José Martí emprendió un ejercicio de reflexión sobre el nacimiento del escritor profesional y sobre los cruces entre literatura y periodismo que iban más allá de todo lo que se había escrito hasta entonces. Siempre admiré su método de trabajo: rumiaba durante semanas un tema y lo sacaba afuera luego de golpe, en un día o dos. Más de una vez la vi entrar en su escritorio a las tres de la tarde y salir de él a las tres de la mañana con cincuenta páginas impecables, que fluían como el agua.
Yo soy lentísimo, en cambio: rara vez voy más allá de una página o dos por día, con resultados inferiores. Si no la hubiera tenido a mi lado, las tres novelas que publiqué a partir de 1985 no serían lo que son. Ella salvó a mi imaginación de los naufragios en que sucumbe a veces, cuando navego entre la verosimilitud y la exageración, y me dio la ternura que hacía falta para no desfallecer en esa empresa de Sísifo que es la escritura de cualquier novela, valga o no valga la pena. ¿Cómo íbamos a suponer que yo estaría condenado a exponer alguna vez estas triviales intimidades? Todo texto es fatalmente autobiográfico, pero las columnas de prensa no tienen por qué convertirse en un confesonario. Si traiciono esa ley de hierro es porque no me perdonaría jamás seguir adelante sin decir a los cuatro vientos todo lo que le debo. Y, a la vez, yo ya no soy el yo que fui hasta hace pocas semanas. Soy ese yo menos ella, y aún desconozco el vasto significado de todo eso.
Buenos Aires y después
Dejamos la Universidad de Maryland en 1987. Yo quería regresar a la Argentina a cualquier precio, y tal vez nunca me perdone todo lo que ella tuvo que pagar por esa obstinación: padeció tres golpes militares, una hiperinflación de locura, el comienzo de la desocupación y de la inseguridad. En ese clima educamos a nuestra hija, que llegó a Buenos Aires cuando tenía seis meses y se marchó a los cinco años.
A partir de 1991, Susana recibió tantos ofrecimientos para trabajar en los Estados Unidos que me pareció injusto seguir atándola a mi destino. Hice al revés: me uní yo al de ella, y así nos fue mejor. Ambos nos hicimos argentinos y venezolanos y colombianos y brasileños en una tierra de nadie donde se puede ser todo y nada a la vez. En los últimos tiempos, su talento había crecido a ritmo de vértigo sin que ella se diera cuenta de lo lejos que había llegado. Escribía incansablemente sobre la violencia, sobre la pobreza, sobre las idas y vueltas del pensamiento latinoamericano con una intensidad en la que ponía todo el ser. A fines de octubre la invitaron a Harvard. He recibido decenas de cartas de quienes la oyeron. Me dicen que por la firmeza de su posición ética y por la fuerza de gravedad de su inteligencia, todos querían tenerla allí. No sé si habría ido. Ambos éramos felices en Rutgers: ambos éramos cada día un poco más felices, si eso es posible.
Cuando empezamos a cruzar la calle, aquel fatídico 27 de noviembre, sentí que algo la arrancaba de mi mano y me golpeaba a mí en los brazos y las piernas. Desperté sobre la línea amarilla que divide la calzada, desconcertado, entre automóviles que pasaban raudos o se detenían bruscamente. Imaginé que ella estaba al otro lado, a salvo. Luego, oí chirriar unas ruedas, corrí como pude, y descubrí su cuerpo hecho pedazos. La imagen de sus ojos abiertos y de su sonrisa de otro mundo me siguen por todas partes, a todas horas. En el instante en que la vi, sentí que la perdía. Habría dado todo lo que soy y lo que tengo por estar en su lugar. Me habría gustado verla envejecer. Habría querido que ella me viera morir.
Ya tengo 30
El 22 de diciembre cumplí 30 años. El hecho no pasó por debajo de la mesa, pero sí fue un poco distinto a lo acostumbrado.
No me tomé ninguna foto por ejemplo, y no pude documentar visualmente el hermoso vestido mexicano que me encaramé ese día (por eso la foto de arriba es del brindis del 31), gracias al cual mi querido Andrés Méndez me llamaba Florinda Meza, Natalia La Fourcade, Chavela Vargas, entre otros personajes mexicanos. Pero mis amigos no fallan, aquí estuvieron como cada año, con cuentos, regalos, mucha comida y sin “ay que noche tan preciosa”.
Lo cierto es que mientras pienso que ya me he convertido en una doña: 30, casada, con un absorbente horario de trabajo, responsable de manera agobiante, 6 kilos de más -talla 30 y M- y pocas señas de mi juventud rockanrollera, mis amigas dicen que los 30 son los nuevos 20. Las que ya tienen esa edad, claro, porque las que no, destacan lo de vieja y los muchachos que aún no tengo. Deja que lleguen, las espero. Igual, mientras siga pasando por estudiante de la Uney, vamos bien.
Sin embargo, sigo siendo caprichosa como una niña; no me gusta comer sin que mi mamá me sirva (y prepare, claro) la comida, y no paso un día sin una charla larga con mis vecinos, o sea, mis padres. De paso, soy extremadamente consentida y complacida, ahora también por un esposo que sólo es antipático a primera vista.
Los 30 años me han rendido, y el balance es favorable. Estudiar y trabajar haciendo lo que me gusta, es un buen indicador. Aunque la inconformidad y el miedo con el que vivimos en este país es una causa de depresión a cualquier edad, creo que he salido premiada con lo que he hecho y lo que tengo, por lo que siempre he estado infinitamente agradecida. Esperemos seguir sumando puntos.
Cuando yo nací hace 30 años, en 1979….
La película ganadora del Oscar fue Kramer vs. Kramer
La canción número 1 de las listas fue Another brick on the wall de Pink Floyd
El libro más vendido fue El libro de los seres imaginarios de Jorge Luis Borges
Así que ya venía acompañada de cosas buenas, no?
10 años después, Cayayo
En 1999 yo todavía no tenía Internet ni estaba acostumbrada a esas comunicaciones tan rápidas como las que tenemos hoy en día, cuando uno se entera que algo sucedió a los 2 minutos, cuando mucho.
Lo supe al día siguiente, pues aunque en la noche lo dijeron en La Mega, yo estaba pendiente de otra cosa porque me iba al Poliedro a ver a Alanis Morissette el 18. Igual, lo supe por La Mega: “murió Cayayo”.
Claroscuro le abría a Alanis y ese fue el primero de los muchos homenajes que escucharía en los años siguientes.
Aunque era muy niña cuando el boom de Sentimiento Muerto, tuve la suerte de verlo dos veces con ellos (una de esas en Sábado Sensacional en Barquisimeto), y una con Dermis Tatú cuando ya estaba más grande.
10 años leyendo-escuchando esas frases que sirven de título y calificativo: “emblema del rock nacional”, “la primera leyenda del rock venezolano”, “el más genuino rocksatr que ha parido esta tierra”…y aquella con la que titularon en la revista Exceso “De rock también se muere”
Yo pongo La violó, la mató y la picó hoy todo el día… como intensa-pegada, como si no hubieran pasado 10 años ya.
…”de los sueños y delirios,
que he dejado sumergir”.
En el Lara Top Fest
- Fui al Top Festival….aunque suene raro.
- No pasé roncha y no lo puedo creer. Como a todos los conciertos que voy, llegué tarde porque me choca esperar. Cuando llegué, ya todo el mundo había entrado así que no tuve que hacer cola ni nada. Nos dieron unos pases mágicos, conseguimos puesto de estacionamiento cerquita y entramos velozmente al área VIP. Buen puesto.
- Todo el mundo siempre está esperando (no sé por qué) que el gobierno les de “algo”. Yo, en mi vida, y de éste muchísimo menos. Pero por primera vez digo que recibí algo del gobierno regional: una acreditación para lo más importante de su plan de gobierno, es decir, el Top Festival. Y sin pedirla, ¿cuánto no es? No iré a ninguna otra función, por cierto, pero gracias.
- Nunca había visto a Servando y Florentino y los amé. Nadie me cree, pero me encantan. Tienen mala fama de todo pero son unos artistas, que lo digan la Nerd y la niña fresa. Y cantan de verdad, con el perdón de algunos amigos que dicen que cantan y no cantan nada, por ejemplo. Me gustaron, y?
- Rubén Blades es un señor artista. 2 horas de concierto de las canciones de siempre, del soundtrack de Feli, demasiado fino. Como no tiene temas nuevos, cantó esos clásicos eternos: Plástico, Decisiones, Ligia Elena, Plantación adentro….ahhhhh y María Lionza, demasiado Yaracuy!!!!!! =) Impecable, así como uno se imagina que es una gente que ha oído toda la vida., aunque sea indirectamente.
- Marc Anthony definitivamente no me gusta. Tiene tremenda voz, eso sí. Pero me pasó eso que le pasa a uno cuando tiene que calarse canciones seguidas de una música que no le gusta, estilo ruta: me obstiné. Muy imponente, muy “internacional”, la gente vuelta loca, pero qué se le hace? El hombre no me gusta en lo más mínimo. Y además es un payaso: Hizo una dramatización de emoción, medio temblaba, se persignaba, y ya iba a llorar. Ay no, mi amor con bastante payaso tengo que lidiar a diario pa calarme un showcito así voluntariamente. Next.
- Lo único divertido para mí de que viniera Marc Anthony era escuchar a toda la humanidad pronunciar mal su nombre. Unos más pa’lante, simplemente dicen “Marántoni” y otros demasiado gringoleo “Merkkkk-azoni”. ¿Es tan difícil decir Marcántoni?
- El estadio es tan enorme que los gritos son demasiado finos…da esa sensación de concierto sabroooooosa que tan poco se ve en Barquisimeto. Lo malo es que como comentábamos allí, un concierto de rock no llena eso ni en mil años: sabemos lo pichiiiiiirres que son los rockeros guaros para pagar entrada y luego, nunca hay suficiente motivación, como sí la tienen evidentemente los pachangosos y románticos.
- Como Marc Anthony me obstinó, me fui temprano y no encontramos cola saliendo, así que llegué rapidito a mi casa y no puedo creer que no tenga ni un solo cuento de roncha al respecto.
- De mi lista de conciertos, este es el primero “tropical” al que he ido. Fue raro, la verdad.
- Ahora, hablar de los animadores, de la actitud y pinta de 31 de diciembre de la gente en el VIP, de lo bárbaro y desconsiderado que me parece por parte de la gobernación generar el caos que desencadena un evento así en la ciudad y escupir para su casa a las 40 mil personas que asisten a las 4 de la mañana, como si fueran 40 mil que no tienen oficio, un MARTES, MIÉRCOELS, JUEVES…..es redundar. Ni hablar del marco teórico del Top Festival. Los que vivimos en el estado Lara sabemos que es el hijo consentido de nuestras autoridades. Y ya, aquí no hay preocupación de otro tipo. Así que también es redundar.
- Y esa fue toda mi experiencia en el Top Festival, porque no hay nadie medianamente decente en el cartel que me haga regresar al municipio Palavecino para celebrar con “el gobernador de los grandes eventos”.
PD: Y sí vine a trabajar al día siguiente, por si acaso…..
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